Si el tiempo vuela hay veces que tengo la sensación de ir en clase turista.

Dicen que a los siete años uno cobra conciencia de si mismo. Que antes estás todavía desarrollándote como ser humano, que confías más en tus instintos, que tu personalidad no es la que vendrá después, que a efectos prácticos eres algo así como un pato. Luego, dicen, uno ya se queda igual que estaba, acaso sabiendo más cosas, alguna cicatriz más que menos, pero en términos globales todos somos un crío de siete años.

A esa edad yo no era el chaval más popular de la clase. Tampoco el que menos, afortunadamente. Aunque siempre hay gente que se traga toda la mierda del mocoso que resulta medir un palmo más de altura o ser un poco más imbécil o simplemente “estar pasando por una fase de-esas-ya-sabes cosas-de-críos” yo no estaba en ninguno de los dos grupos. Vamos, era un tipo normal, tan normal como los que me conocéis sabéis que puedo llegar a ser si me esfuerzo, al menos. El problema es que aquello no me gustaba. La sociedad de niños de siete años que llegaría a ser la sociedad de adultos que nos encontraríamos (sólo que con más dinero, sabiendo más sobre coches y alguno de nosotros-yo no, yo nunca- con bigote) no me gustaba en absoluto.

No me gustaba jugar al fútbol, no me gustaba meterme con el que llevaba gafas, no me gustaba jugar a cromos de tanques (bizarra invención, visto con perspectiva), no me gustaba meterme con el que estaba gordo, no me gustaba casi nada. Y para colmo mis padres no me compraban bollycaos. Vamos, un completo desastre. Y claro, tampoco me hubiese gustado ser el tipo con el que molaba meterse, aunque tampoco resulté ser el tipo que apartaba a los macarras y defendía a los desamparados. Por cierto, ese tipo en los dos colegios a los que fui en mi tierna y no tan tierna infancia no existía, el muy cabrón.

Pero a lo que iba. Dado que no me gustaba nada de lo que aparentemente era normal decidí inventar un juego. Ya, lo sé, ahora es cuando digo que se me aparecía un duende que me instaba a quemar cosas o que tenía un amigo imaginario que blablabla… Pues no, lo que se me ocurrió molaba mucho más. El juego se llamaba “los locos”. El planteamiento era sencillo. Los locos éramos dos, con cargo vitalicio, y el resto de la clase se dividía en dos grupos de veinte. Uno perseguía a mi amigo Raúl y el otro me perseguía a mí. Nuestro grupo de 20 personas tenía que llevarnos lo más rápido posible a la otra punta del patio, a pesar de nuestra férrea oposición. Quien llegaba antes ganaba.

Lo sé, suena absurdo. Acabo de decir que no me gustaba –a nadie le gusta- que la gente se metiese conmigo y el fundamento del juego consistía en que una turba enloquecida de futuros adultos de siete años me tenía que transportar contra mi voluntad a través de un campo de tierra hasta una pared de cemento lo más rápido posible. Por eso había unas reglas. No se podía pegar ni arañar ni aplastar a los locos. Sólo valía agarrarles, para algo eran pacientes. Los locos podían morder, arañar, golpear, masticar o utilizar cualquier treta que se les ocurriese, para algo eran locos. Aunque parezca imposible la gente respetaba las reglas. De hecho era lógico, porque el juego le gustaba a todo el mundo y evidentemente de no respetarlas no hubiese durado ni dos días. Los más fuertes tenían el honor de ser los mejores “transportistas” (la palabra celador era demasiado compleja para ser popular). Lo menos fuertes disfrutaban de un rato de paz siempre que no se acercasen demasiado a un loco.

Así que, durante los dos años que duró aquel estupendo juego y antes de que me cambiasen de colegio (no por ese motivo, los profesores parecían encantados) pude morder, golpear, empujar, escupir y utilizar todas las tretas que se me ocurrieron contra todos los chavales más macarras de mi clase. Impunemente claro, enajenación mental. En el peor de los casos su única respuesta era una sonrisa de felicidad si yo era el primer “capturado”. En el mejor de los casos se pasaban a mi equipo, como señal de respeto.

Dicen que a los siete años uno alcanza su personalidad definitiva, pero eso es falso. Ya no tengo tan buenas ideas como a los siete años, es una lástima.

Cuando un concierto me gusta mucho entro en un estado de semitrance bastante curioso.

Cuando un concierto no me gusta nada me marcho/duermo.

Cuando un concierto se me hace agradable pero sin pasarse observo a la gente a mi alrededor.

foto de guitarra

Esto fue el sábado.

Nacho Vegas & Christina Rosenvinge + Raülmoya y El Trio Miniña + Belmez.

Estuvieron todos correctos, pero no acabé de conectar del todo con ninguno, diría yo…

Últimamente estoy volviendo a hacer fotos y redescubriendo lo que era tirar a contraluz.

Como muestra, un botón, que resulta ser una fuente, de Madrid.

fuente a contraluz

Foto tomada con compacta-viajera-cutre Pentax, claro ;)

Lo bueno de no cerrarse puertas es que no te cierras puertas, lo malo es que casi siempre tendrás que decidir.

Hace unos días me sentía como la bolita esa que da vueltas a la ruleta. Diferentes, sitios, diferentes especialidades, todo diferente e intercalado en una incomprensible lista que había elaborado hacía un par de semanas siguiendo quién sabe qué criterio.

El deporte nacional, dicen. Oposiciones.

Cuando se acercaba el momento fatídico en el que tenía que escoger plaza mi lista había ido mutando hasta algo totalmente abstracto, que incluía números muy altos y números muy bajos, especialidades diferentes en ciudades diferentes. La mezcolanza que se había plantado en los primeros puestos podría servir para ilustrar un monográfico sobre “la globalización de la sanidad pública”, o algo así. Igual probaría algo nuevo, igual me marchaba de casa, tal vez acabase en otra ciudad. En fin, tendría que decidir, todo ello en pocos segundos. Mis predecesores avanzaban, paso a paso, añadiendo borrones a la -por suerte- cola de mi lista. Antes había visto de todo, gente feliz, gente llorando, gente rebotada, gente que se había quitado una careta que en el fondo sólo ellos veían.

Al final pude escoger y todo. La especialidad que me-apetecía-pero-que-no tenía-salidas-pero-que-resulta-que-al-final-va-y-si-las-tiene y el hospital que significaba quedarme en mi casa y a la postre también irme de casa.

You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
But if you try sometimes you might find
You get what you need

Se acabó el proceso, a partir de ahora volveré a escribir sobre cosas realmente importantes :)

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Cada día somos un poco más libres, dicen.

Vale.
Aquí estamos, teclado en mano… azzzzzzzzzzaaaaaaaaaaaaaaaaaa… bueno, en mano no que al sujetarlo aprieto teclas sin querer. Pero, a lo que iba, intentaba actualizar esto con algo congruente. El problema es que aparentemente tengo las ideas afectadas por la pertinaz sequía esa que sale en el telenoticies y no se me ocurre nada interesante que escribir.

El maldito embotamiento puede deberse a que esta mañana me he puesto a ordenar mi lista para escoger plaza de opositor/residente y la verdad, me siento como el protagonista de uno de esos estúpidos concursos presentados por un Ramotxu cualquiera. Aquí estoy yo, Jose Luis, agricultor de Huelva (nombre e identidad falsos, oficio nunca se sabe) en un brillante plató de televisión lleno de sonrientes espectadores, perplejo ante una estruendosa música ratonera. En frente tengo al presentador, un tipejo con corbata al que mi suerte le importa un rábano –y lo digo yo que soy un ficticio agricultor que debería saber algo de hortalizas- ofreciéndome cosas del estilo de: “Te cambio lo que hay en la puerta A por lo que esconde el cofre B y además un viaje a Sevilla”. O “te doy la mitad de la puerta A y un piso en Oviedo”. O “Un viaje a Madrid y disfruta de lo que se oculte detrás de C pero sin la nevera”. Mientras tanto los amigos que han venido de público gritan “Pilla la opción C y Teneriiiiiiifeeeee, no seas burroooooo, que te iremos a visitaaaaaarrrr!!!”. Y la Familia: “¡¡La A, la A, que no te líeeeeeeen!!”. Y gente que no he visto en mi vida: “Esto, o lo otro, o lo de más allá, ¡¡cómo mola opinar sin entender nada!!” Mientras tanto yo, ficticio Jose Ramón o Jose Luis o lo que sea- que tanta algarabía me ha hecho olvidar hasta mi nombre- todavía ficticio pero ya no tan pacífico agricultor de Huelva, pido a la tierra que me devuelva el favor de tanto labrar y tenga la bondad de tragarme, aunque sea por un rato, que seguro que se lo sé compensar.

Así que ya sabes, sufrido lector, la próxima vez que veas un concursejo de esos apiádate del protagonista, que tendrá premio seguro, pero también seguro que está deseando que acabe todo ese tinglao, que le den su botín (casa en Mallorca, tienda de camping en Murcia, sombrero Mejicano en las Ramblas, lo que sea) y que le dejen salir del dichoso plató y vivir su vida –nueva o vieja, pero la suya al fin y al cabo.

Estaba yo a punto de escribir una entrada sobre la dichosa ley D’Hont con la que nos topamos cada vez que llegan las elecciones cuando me han enlazado esto:

Atención “sanitaria”

Y claro, para una vez que puedo poner algo que suene a trabajo sin que parezca aburrido pues yo lo pongo, que seguro que a más de uno le interesa ;)

En fín, parece que lo de las oficinas de farmacia se está desnaturalizando todavía un poco más… aún tendría razón el que me dijo que en pocos años ya se venderán hasta juegos de Playstation…

 

3 columnasHay veces que las columnas, por mucho que se esfuercen, por muy resistentes, perseverantes y arquitectónicamente tozudas que sean, no pueden ocultar que lo que sostienen es nada. En todo caso la nada no se entera demasiado, diría yo.

Roma bien. Maja, con sonrisa italiana, lluvia belga a ratos y tardes de color azul. Un día, frente a la Fontana de Trevi, me tomé un helado y me sentí como una versión low cost de la estatua de la libertad. Y claro, ese tipo de cosas no tienen precio.

En fín, debo haberme vuelto tonto, porque ya no sé escribir crónicas de viajes. O peor aún, ya no las sé publicar… o siento una invisible presión social para que no lo haga… mmm… me da la sensación de que el mundo ha envejecido de golpe mientras yo intentaba dormir, tal vez soñar, aunque fuese despierto…

Un tren con rumbo Darjeeling, India, arranca poco a poco desde una exótica estación. Tres viajeros lo han perdido y corren tras el, maletas en mano. El primero es un niño de doce años, inglés, cabeza rapada, estética skin-head. Otro es Rambo, edad indefinida, estética ochentera. El tercero es el cámara, un tío bastante torpe que, eso sí, lleva una cámara digital que mola un huevo y cuyas pilas nunca se acaban.

Corren, corren desesperadamente, el tren simboliza algo y no lo quieren perder. Nadie entiende cual es el significado de la imagen, al fin y al cabo el niño es un niño y todavía no ha aprendido a encajonar las cosas, Rambo sólo sabe pensar sobre la guerra y el cámara es rematadamente estúpido. Persiguiendo al tren adelantan a Bill Murray, que pone una de sus famosas caras de pasmo. Saltan hasta el último vagón, suben. Justo detrás de ellos llegan tres tipos, el primero de ellos Owen Wilson. Rambo le vuela la cabeza con una pistola. No, ni con una pistola. Con la mirada, que para algo es Rambo.

Dentro llegan a un vagón restaurante. El cámara les explica por qué están allí, la idea consiste en un viaje espiritual en el que vuelvan a conocerse como en los viejos tiempos. La cosa es tan ridícula que Rambo no tiene más remedio que volarle la cabeza con una cuchara. A partir de ahí la acción vuelve a rodarse en tercera persona, eso sí vuelve a ser como en los viejos tiempos. Por exigencias del guión deciden adoptar como tercer miembro del grupo a Javier Bardem, que pasaba por allí con una cosa de esas que sirven para inflar las ruedas de las bicis. Rambo le da una brillante idea sobre las posibles utilidades de dicho aparato mientras el niño inglés se va al lavabo.

Camino al lavabo el miniskin tiene tiempo de dejar preñada a una adolescente de quince años que también viajaba en el tren, a pesar de ser de Canadá o de un sitio de esos en los que suele hacer frío, en todo caso. La adolescente fumaba en pipa pero lo deja por el bien del crío, al que ha decidido tener porque tiene uñas. Cuando nazca pretende donárselo a la protagonista de Alias, para que lo entrene como espía. Un tipo joven, como adolescente se pone a cantar “Johannaaaa, tu decisión es muy profunda…” pero calla cuando Johny Deep le rebana el cuello con una navaja de afeitar. Todo queda muy bonito, muy Zatoichi en blanco y negro, las paredes del vagón se tiñen de rojo. A Bardem le mola tanto que se carga al barbero con su bombona de aire comprimido, sólo para contribuir a la poesía de la escena.

Tommy Lee Jones asoma la cabeza por la ventana y le lanza un Oscar, por poético. Justo antes de saltar del tren añade: “Un cuerno voy a entrar ahí, la novia del skinhead acaba de parir un monstruo de veinte metros”. Groar, los vagones empiezan a saltar a cachitos. Un monstruo enorme –de veinte metros, ¿o es que no os creéis a la gente que salta de los sitios?- está comiéndose a los pocos indios que había en la película, a esos a los que se les suele llamar “figurantes locales”. Diría que hasta Rambo está acojonao. Pero no, no es eso, simplemente es que no sabe actuar.

El monstruo es tan grande –según el niño, que ha crecido de golpe, es una metáfora de la Tatcher- que el gobierno indio no tiene más remedio que intentar detenerlo a base de NAPALM. Aquello es un infierno, mucho peor que el Vietnam. Si el cámara aún tuviese cabeza el bicho en llamas se la zamparía. Pero la cuestión es que la cosa arde pero no palma, es una especie de King Kong atiborrado a anabolizantes.

El final de la peli es un pelín abrupto, Rambo y el monstruo hacen una competición de a ver quien se carga a más indios en menos tiempo, Bardem participa como árbitro lanzando una moneda al aire para el desempate. Gana Rambo, claro.

Las últimas pelis que he visto:
Viaje a Darjeening, Rambo, Cloverfield (=Monstruoso), Juno, No Country for Old men, Sweeney Todd, this is England.

Todas me han gustado, daban exactamente lo que ofrecían, aunque ninguna llegue anivel de obra maestra. Pero, como podéis ver, todas juntas tal vez lo hubiesen conseguido.