Torre de Vasos

Sobre mi mesilla de noche hay una torre de vasos de cristal.

Antes había libros, de hecho sigue habiéndolos, pero presidiéndolo todo hay una torre hecha con cinco vasos de cristal. Alguno de ellos aún contiene un poco de agua, que se condensa en sus paredes, intentando salir de tan absurda edificación.

Cada noche añado un vaso más a la estructura, ni idea de hasta cuando pienso hacerlo pero es bastante evidente que la masa crece y crece y -quién sabe- tal vez un día acabe llegando al techo, incluso a perforarlo.

Creo que la inspiración para tamaña obra me viene del edificio que están levantando frente a mi habitación. En los últimos meses me he vuelto un consumado experto en el arte de la construcción, se diferenciar a la perfección el ruido de los dos taladros neumáticos de mis nuevos vecinos, distingo sin la más mínima duda cual es operario que maneja la máquina de cortar ladrillos y –lo más importante- me sé de memoria los pasos del proceso. Vendría a ser esto: aparta las tablas que protegen al andamio despertando así a los vecinos (7.20 de la mañana), desayuna (8.00), trabaja silenciosamente (8.30-11.26), raja ladrillos (11.26-12.30), hormigonea (13.30-13.30), a comer (13.30-15.00), raja más ladrillos (15.00-hasta que te canses), piropo a transeúnte (depende del horario de la/s transeúnte/s), silba buleria buleria (constantemente, se ve que es una parte importante del proceso), raja un par de ladrillos más (justo antes de irte, no sea que alguien eche la siesta), vuelta pa casa (la construida, no la obra). Y eso lo he aprendido con las persianas cerradas, vamos que cualquier día me pongo una venda en los ojos, subo a un acantilado desierto en plan Steven Seagal entrenándose en artes marciales y os construyo la Capilla Sixtina o –más acorde con mis maestros- una versión siniestra de Marina d’ Or.

Por lo pronto soy modesto y hoy añadiré otro vaso, algún día mi torre tocará el cielo.