You are currently browsing the monthly archive for Abril, 2008.

Dicen que a los siete años uno cobra conciencia de si mismo. Que antes estás todavía desarrollándote como ser humano, que confías más en tus instintos, que tu personalidad no es la que vendrá después, que a efectos prácticos eres algo así como un pato. Luego, dicen, uno ya se queda igual que estaba, acaso sabiendo más cosas, alguna cicatriz más que menos, pero en términos globales todos somos un crío de siete años.

A esa edad yo no era el chaval más popular de la clase. Tampoco el que menos, afortunadamente. Aunque siempre hay gente que se traga toda la mierda del mocoso que resulta medir un palmo más de altura o ser un poco más imbécil o simplemente “estar pasando por una fase de-esas-ya-sabes cosas-de-críos” yo no estaba en ninguno de los dos grupos. Vamos, era un tipo normal, tan normal como los que me conocéis sabéis que puedo llegar a ser si me esfuerzo, al menos. El problema es que aquello no me gustaba. La sociedad de niños de siete años que llegaría a ser la sociedad de adultos que nos encontraríamos (sólo que con más dinero, sabiendo más sobre coches y alguno de nosotros-yo no, yo nunca- con bigote) no me gustaba en absoluto.

No me gustaba jugar al fútbol, no me gustaba meterme con el que llevaba gafas, no me gustaba jugar a cromos de tanques (bizarra invención, visto con perspectiva), no me gustaba meterme con el que estaba gordo, no me gustaba casi nada. Y para colmo mis padres no me compraban bollycaos. Vamos, un completo desastre. Y claro, tampoco me hubiese gustado ser el tipo con el que molaba meterse, aunque tampoco resulté ser el tipo que apartaba a los macarras y defendía a los desamparados. Por cierto, ese tipo en los dos colegios a los que fui en mi tierna y no tan tierna infancia no existía, el muy cabrón.

Pero a lo que iba. Dado que no me gustaba nada de lo que aparentemente era normal decidí inventar un juego. Ya, lo sé, ahora es cuando digo que se me aparecía un duende que me instaba a quemar cosas o que tenía un amigo imaginario que blablabla… Pues no, lo que se me ocurrió molaba mucho más. El juego se llamaba “los locos”. El planteamiento era sencillo. Los locos éramos dos, con cargo vitalicio, y el resto de la clase se dividía en dos grupos de veinte. Uno perseguía a mi amigo Raúl y el otro me perseguía a mí. Nuestro grupo de 20 personas tenía que llevarnos lo más rápido posible a la otra punta del patio, a pesar de nuestra férrea oposición. Quien llegaba antes ganaba.

Lo sé, suena absurdo. Acabo de decir que no me gustaba –a nadie le gusta- que la gente se metiese conmigo y el fundamento del juego consistía en que una turba enloquecida de futuros adultos de siete años me tenía que transportar contra mi voluntad a través de un campo de tierra hasta una pared de cemento lo más rápido posible. Por eso había unas reglas. No se podía pegar ni arañar ni aplastar a los locos. Sólo valía agarrarles, para algo eran pacientes. Los locos podían morder, arañar, golpear, masticar o utilizar cualquier treta que se les ocurriese, para algo eran locos. Aunque parezca imposible la gente respetaba las reglas. De hecho era lógico, porque el juego le gustaba a todo el mundo y evidentemente de no respetarlas no hubiese durado ni dos días. Los más fuertes tenían el honor de ser los mejores “transportistas” (la palabra celador era demasiado compleja para ser popular). Lo menos fuertes disfrutaban de un rato de paz siempre que no se acercasen demasiado a un loco.

Así que, durante los dos años que duró aquel estupendo juego y antes de que me cambiasen de colegio (no por ese motivo, los profesores parecían encantados) pude morder, golpear, empujar, escupir y utilizar todas las tretas que se me ocurrieron contra todos los chavales más macarras de mi clase. Impunemente claro, enajenación mental. En el peor de los casos su única respuesta era una sonrisa de felicidad si yo era el primer “capturado”. En el mejor de los casos se pasaban a mi equipo, como señal de respeto.

Dicen que a los siete años uno alcanza su personalidad definitiva, pero eso es falso. Ya no tengo tan buenas ideas como a los siete años, es una lástima.

Cuando un concierto me gusta mucho entro en un estado de semitrance bastante curioso.

Cuando un concierto no me gusta nada me marcho/duermo.

Cuando un concierto se me hace agradable pero sin pasarse observo a la gente a mi alrededor.

foto de guitarra

Esto fue el sábado.

Nacho Vegas & Christina Rosenvinge + Raülmoya y El Trio Miniña + Belmez.

Estuvieron todos correctos, pero no acabé de conectar del todo con ninguno, diría yo…

Últimamente estoy volviendo a hacer fotos y redescubriendo lo que era tirar a contraluz.

Como muestra, un botón, que resulta ser una fuente, de Madrid.

fuente a contraluz

Foto tomada con compacta-viajera-cutre Pentax, claro ;)

Lo bueno de no cerrarse puertas es que no te cierras puertas, lo malo es que casi siempre tendrás que decidir.

Hace unos días me sentía como la bolita esa que da vueltas a la ruleta. Diferentes, sitios, diferentes especialidades, todo diferente e intercalado en una incomprensible lista que había elaborado hacía un par de semanas siguiendo quién sabe qué criterio.

El deporte nacional, dicen. Oposiciones.

Cuando se acercaba el momento fatídico en el que tenía que escoger plaza mi lista había ido mutando hasta algo totalmente abstracto, que incluía números muy altos y números muy bajos, especialidades diferentes en ciudades diferentes. La mezcolanza que se había plantado en los primeros puestos podría servir para ilustrar un monográfico sobre “la globalización de la sanidad pública”, o algo así. Igual probaría algo nuevo, igual me marchaba de casa, tal vez acabase en otra ciudad. En fin, tendría que decidir, todo ello en pocos segundos. Mis predecesores avanzaban, paso a paso, añadiendo borrones a la -por suerte- cola de mi lista. Antes había visto de todo, gente feliz, gente llorando, gente rebotada, gente que se había quitado una careta que en el fondo sólo ellos veían.

Al final pude escoger y todo. La especialidad que me-apetecía-pero-que-no tenía-salidas-pero-que-resulta-que-al-final-va-y-si-las-tiene y el hospital que significaba quedarme en mi casa y a la postre también irme de casa.

You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
But if you try sometimes you might find
You get what you need

Se acabó el proceso, a partir de ahora volveré a escribir sobre cosas realmente importantes :)