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El fútbol puede tener muchas cosas buenas y muchas malas…
…pero, desde luego, es el único evento que consigue que todo el país se ponga a aplaudir la marcha de unos rojos españoles por Europa.
Que acabarán perdiendo, como siempre, pero… ¿y lo bonito que habrá sido?
Reflexión estúpida (*) que se me acaba de ocurrir:
Si Openoffice mola más que Office (comprobado por el que escribe estas líneas)…
Si Ubuntu mola más que Vista (he ido probando Ubuntu desde CD y visto lo Vista poco margen de error hay, en breve me cambio definitivamente)…
…¡¡¡OpenCola DEBE molar más que CocaCola!!!
(*) culpad al sueño debido a mi recién adquirido jet lag peremne
Si el tiempo vuela hay veces que tengo la sensación de ir en clase turista.
Vale.
Aquí estamos, teclado en mano… azzzzzzzzzzaaaaaaaaaaaaaaaaaa… bueno, en mano no que al sujetarlo aprieto teclas sin querer. Pero, a lo que iba, intentaba actualizar esto con algo congruente. El problema es que aparentemente tengo las ideas afectadas por la pertinaz sequía esa que sale en el telenoticies y no se me ocurre nada interesante que escribir.
El maldito embotamiento puede deberse a que esta mañana me he puesto a ordenar mi lista para escoger plaza de opositor/residente y la verdad, me siento como el protagonista de uno de esos estúpidos concursos presentados por un Ramotxu cualquiera. Aquí estoy yo, Jose Luis, agricultor de Huelva (nombre e identidad falsos, oficio nunca se sabe) en un brillante plató de televisión lleno de sonrientes espectadores, perplejo ante una estruendosa música ratonera. En frente tengo al presentador, un tipejo con corbata al que mi suerte le importa un rábano –y lo digo yo que soy un ficticio agricultor que debería saber algo de hortalizas- ofreciéndome cosas del estilo de: “Te cambio lo que hay en la puerta A por lo que esconde el cofre B y además un viaje a Sevilla”. O “te doy la mitad de la puerta A y un piso en Oviedo”. O “Un viaje a Madrid y disfruta de lo que se oculte detrás de C pero sin la nevera”. Mientras tanto los amigos que han venido de público gritan “Pilla la opción C y Teneriiiiiiifeeeee, no seas burroooooo, que te iremos a visitaaaaaarrrr!!!”. Y la Familia: “¡¡La A, la A, que no te líeeeeeeen!!”. Y gente que no he visto en mi vida: “Esto, o lo otro, o lo de más allá, ¡¡cómo mola opinar sin entender nada!!” Mientras tanto yo, ficticio Jose Ramón o Jose Luis o lo que sea- que tanta algarabía me ha hecho olvidar hasta mi nombre- todavía ficticio pero ya no tan pacífico agricultor de Huelva, pido a la tierra que me devuelva el favor de tanto labrar y tenga la bondad de tragarme, aunque sea por un rato, que seguro que se lo sé compensar.
Así que ya sabes, sufrido lector, la próxima vez que veas un concursejo de esos apiádate del protagonista, que tendrá premio seguro, pero también seguro que está deseando que acabe todo ese tinglao, que le den su botín (casa en Mallorca, tienda de camping en Murcia, sombrero Mejicano en las Ramblas, lo que sea) y que le dejen salir del dichoso plató y vivir su vida –nueva o vieja, pero la suya al fin y al cabo.
Hay veces que las columnas, por mucho que se esfuercen, por muy resistentes, perseverantes y arquitectónicamente tozudas que sean, no pueden ocultar que lo que sostienen es nada. En todo caso la nada no se entera demasiado, diría yo.
Roma bien. Maja, con sonrisa italiana, lluvia belga a ratos y tardes de color azul. Un día, frente a la Fontana de Trevi, me tomé un helado y me sentí como una versión low cost de la estatua de la libertad. Y claro, ese tipo de cosas no tienen precio.
En fín, debo haberme vuelto tonto, porque ya no sé escribir crónicas de viajes. O peor aún, ya no las sé publicar… o siento una invisible presión social para que no lo haga… mmm… me da la sensación de que el mundo ha envejecido de golpe mientras yo intentaba dormir, tal vez soñar, aunque fuese despierto…
Un tren con rumbo Darjeeling, India, arranca poco a poco desde una exótica estación. Tres viajeros lo han perdido y corren tras el, maletas en mano. El primero es un niño de doce años, inglés, cabeza rapada, estética skin-head. Otro es Rambo, edad indefinida, estética ochentera. El tercero es el cámara, un tío bastante torpe que, eso sí, lleva una cámara digital que mola un huevo y cuyas pilas nunca se acaban.
Corren, corren desesperadamente, el tren simboliza algo y no lo quieren perder. Nadie entiende cual es el significado de la imagen, al fin y al cabo el niño es un niño y todavía no ha aprendido a encajonar las cosas, Rambo sólo sabe pensar sobre la guerra y el cámara es rematadamente estúpido. Persiguiendo al tren adelantan a Bill Murray, que pone una de sus famosas caras de pasmo. Saltan hasta el último vagón, suben. Justo detrás de ellos llegan tres tipos, el primero de ellos Owen Wilson. Rambo le vuela la cabeza con una pistola. No, ni con una pistola. Con la mirada, que para algo es Rambo.
Dentro llegan a un vagón restaurante. El cámara les explica por qué están allí, la idea consiste en un viaje espiritual en el que vuelvan a conocerse como en los viejos tiempos. La cosa es tan ridícula que Rambo no tiene más remedio que volarle la cabeza con una cuchara. A partir de ahí la acción vuelve a rodarse en tercera persona, eso sí vuelve a ser como en los viejos tiempos. Por exigencias del guión deciden adoptar como tercer miembro del grupo a Javier Bardem, que pasaba por allí con una cosa de esas que sirven para inflar las ruedas de las bicis. Rambo le da una brillante idea sobre las posibles utilidades de dicho aparato mientras el niño inglés se va al lavabo.
Camino al lavabo el miniskin tiene tiempo de dejar preñada a una adolescente de quince años que también viajaba en el tren, a pesar de ser de Canadá o de un sitio de esos en los que suele hacer frío, en todo caso. La adolescente fumaba en pipa pero lo deja por el bien del crío, al que ha decidido tener porque tiene uñas. Cuando nazca pretende donárselo a la protagonista de Alias, para que lo entrene como espía. Un tipo joven, como adolescente se pone a cantar “Johannaaaa, tu decisión es muy profunda…” pero calla cuando Johny Deep le rebana el cuello con una navaja de afeitar. Todo queda muy bonito, muy Zatoichi en blanco y negro, las paredes del vagón se tiñen de rojo. A Bardem le mola tanto que se carga al barbero con su bombona de aire comprimido, sólo para contribuir a la poesía de la escena.
Tommy Lee Jones asoma la cabeza por la ventana y le lanza un Oscar, por poético. Justo antes de saltar del tren añade: “Un cuerno voy a entrar ahí, la novia del skinhead acaba de parir un monstruo de veinte metros”. Groar, los vagones empiezan a saltar a cachitos. Un monstruo enorme –de veinte metros, ¿o es que no os creéis a la gente que salta de los sitios?- está comiéndose a los pocos indios que había en la película, a esos a los que se les suele llamar “figurantes locales”. Diría que hasta Rambo está acojonao. Pero no, no es eso, simplemente es que no sabe actuar.
El monstruo es tan grande –según el niño, que ha crecido de golpe, es una metáfora de la Tatcher- que el gobierno indio no tiene más remedio que intentar detenerlo a base de NAPALM. Aquello es un infierno, mucho peor que el Vietnam. Si el cámara aún tuviese cabeza el bicho en llamas se la zamparía. Pero la cuestión es que la cosa arde pero no palma, es una especie de King Kong atiborrado a anabolizantes.
El final de la peli es un pelín abrupto, Rambo y el monstruo hacen una competición de a ver quien se carga a más indios en menos tiempo, Bardem participa como árbitro lanzando una moneda al aire para el desempate. Gana Rambo, claro.
Las últimas pelis que he visto:
Viaje a Darjeening, Rambo, Cloverfield (=Monstruoso), Juno, No Country for Old men, Sweeney Todd, this is England.
Todas me han gustado, daban exactamente lo que ofrecían, aunque ninguna llegue anivel de obra maestra. Pero, como podéis ver, todas juntas tal vez lo hubiesen conseguido.
Imagínate que estás en Francia.
Hace frío. Mucho. En la calle se congela el aire, lo oyes, percibes el temblor de las ruedas de un tranvía al intentar resquebrajar el hielo en el que está atrapado.
A ti no te importa, estás cómodamente instalado en una habitación, calefacción, el zumbido de un portatil resonando por los pocos huecos que quedan en tu maleta. Mañana vuelves a casa, estás cansado y hace frío.
No sé si lo había dicho, pero hace mucho frío.
Bien, ahora imagina que el dueño de la habitación amenaza con echarte a la calle si no escribes un post en 5 minutos.
Mundo cruel, tus secreciones nasales congelándose poco a poco, ideas petrificadas, pies de madera y las manos amoratadas. Saldrá un churro con pinta de mal relato corto de escritor norteamericano de ciencia ficción pulp. Pero, como las cadenas de mails en cadena esas, yo actualizo.
Buenas noches, mañana vuelvo.
¡Hola a todos!
Después de unos meses de actualizaciones birriáticas y poco inspiradas por culpa de ya-sabéis-qué, vuelvo a meterme en el blog con renovadas fuerzas. A día de hoy me siento tan comunicativo que os voy a hablar de uno de los temas universales de la filosofía/teología. Se trata de El Infierno y, en un alarde de espíritu emprendedor, para que podáis contarlo a las generaciones futuras, me he documentado a conciencia. De hecho… he estado allí.
El infierno es un aula de la escuela de arquitectura de Barcelona.*
Cuando uno llega al infierno aparece sentado en una silla de madera muy incómoda, rodeado de otros pobres condenados que, al igual que tú, se están preguntando seriamente cuales son los pecados que habrán cometido para acabar allí. El infierno está horriblemente organizado, sobre cada silla hay un post-it con el nombre de su ocupante y las almas en pena están colocadas por orden alfabético en sus respectivos asientos. Por cierto, las sillas además de ser incómodas bailan, que para algo estamos donde estamos.
Evidentemente hace un calor tremendo, aunque no hay llamas, eso sería demasiado prosaico. La realidad es muy distinta, el horror del lugar es más psicológico. En el infierno cada uno se encuentra con lo que más teme. Y quien me conoce ya sabe perfectamente que es lo que más odio/temo en este mundo. Así que ahí estaba yo este sábado por la tarde, en pleno viaje espiritual infecto, frente a un cuadernillo lleno a rebosar de preguntas de química. En la primera página destacaban unas siglas: FIR. Debe ser algún tipo de iniciales de “Farmacéutico Infinitamente Refrito”. En todo caso estoy seguro de que si me hubiese gustado la química, si hubiese sido una persona diametralmente opuesta a la que soy, me hubiese encontrado con un montón de interrogantes sobre variaciones de la escala pentatónica, que Satanás, el muy cabrón, es un condenao y te fastidia siempre por donde menos te lo esperas.
Pero sigamos describiendo el lugar… En el infierno, al contrario de lo que se suele creer, el tiempo pasa deprisa, demasiado deprisa. Además las cosas que creías conocer a ciencia cierta parecen mutar frente a tus ojos. Fallas cuando no puedes fallar, fallas cuando puedes fallar y a veces, con una extraña inyección de adrenalina, aciertas cuando no debías acertar. El cerebro te juega malas pasadas, entre ellas la de subdividirse en regiones con nombres abstrusos, el muy puñetero. Dicen que del infierno siempre se aprende algo y supongo que llegando ese estado disociativo tan peculiar seguro que es verdad, aunque no se si lo que se aprende es algo bueno, pero esa ya es otra historia de la que os hablaré cuando esté más recuperado.
En fin, anteayer yo estuve en el infierno, pero me he escapado y ahora estoy de vacaciones. En unos diez días sabré si de la experiencia he sacado un bonito bronceado o si realmente he ardido y todavía no me he dado cuenta.
Lo único bueno es que, cuando estás acostumado a arder en muchas ocasiones, al final la quema ya no creo que duela, de hecho empiezo a considerar seriamente la posibilidad de haber sido ignífugo toda la vida, y yo sin darme cuenta…
*No, no es coña, luego la gente se pregunta por qué cada día diseñan edificios más horribles…
Ever since I was a young boy
I’ve played the silver ball
From Soho down to Brighton
I must have played them all
But I ain’t seen nothing like him
In any amusement hall
That deaf, dumb and blind kid
Sure plays a mean pinball
He stands like a statue
Becomes part of the machine
Feeling all the bumpers
Always playing clean
He plays by intuition
The digit counters fall
That deaf, dumb and blind kid
Sure plays a mean pinball
He’s a pinball wizard
There’s got to be a twist
A pinball wizard
He’s got such a supple wrist
How do you think he does it?
(I don’t know)
What makes him so good?
He ain’t got no distractions
Can’t hear those buzzers and bells
Don’t see lights a flashin’
Plays by sense of smell
Always gets a replay
Never tilts at all
That deaf, dumb and blind kid
Sure plays a mean pinball
I thought I was
The Bally table king
But I just handed
My pinball crown to him
Even on my usual table
He can beat my best
His disciples lead him in
And he just does the rest
He’s got crazy flipper fingers
Never seen him fall
That deaf, dumb and blind kid
Sure plays a mean pinball
The Who, Pinball Wizard
Durante un par de semanas me toca ser el Pinball Wizard, así que ya actualizaré el día 20 o así… ¡¡Pero no me olvido del blog, eh!!
Deshaciéndose el presente entre un ayer apagado y un mañana que se ahoga entre las nieblas, sufría el pobre mundo una crisis de hiperrealidad. Ambiguo, temerario, desastroso, el tiempo se deslizaba por su superficie como una bola de billar que ya hace demasiado cayó de la mesa.
El mundo giraba, tal vez un poco lento, aunque en parte creía que daba igual, que en un año, dos años, tres años, estaría en el mismo sitio, en la misma estación, repitiéndose como cualquier otro de los planetas que oscilaban perezosos alrededor de lo que siempre habían creído una estrella.
A veces soñaba con ser un cometa fugaz, tal vez más pequeño pero también más libre, pero para eso necesitaba un impulso: que le impactase un meteorito, o que la estrella explotase en mil pedazos y le proporcionase suficiente energía cinética como para escapar por el espazio, uno tan trasgresor que se escribiese con zeta.
El mundo soñaba, y mientras tanto seguía dando vueltas.

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