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Estaba yo a punto de escribir una entrada sobre la dichosa ley D’Hont con la que nos topamos cada vez que llegan las elecciones cuando me han enlazado esto:
Y claro, para una vez que puedo poner algo que suene a trabajo sin que parezca aburrido pues yo lo pongo, que seguro que a más de uno le interesa ;)
En fín, parece que lo de las oficinas de farmacia se está desnaturalizando todavía un poco más… aún tendría razón el que me dijo que en pocos años ya se venderán hasta juegos de Playstation…
¡Hola a todos!
Después de unos meses de actualizaciones birriáticas y poco inspiradas por culpa de ya-sabéis-qué, vuelvo a meterme en el blog con renovadas fuerzas. A día de hoy me siento tan comunicativo que os voy a hablar de uno de los temas universales de la filosofía/teología. Se trata de El Infierno y, en un alarde de espíritu emprendedor, para que podáis contarlo a las generaciones futuras, me he documentado a conciencia. De hecho… he estado allí.
El infierno es un aula de la escuela de arquitectura de Barcelona.*
Cuando uno llega al infierno aparece sentado en una silla de madera muy incómoda, rodeado de otros pobres condenados que, al igual que tú, se están preguntando seriamente cuales son los pecados que habrán cometido para acabar allí. El infierno está horriblemente organizado, sobre cada silla hay un post-it con el nombre de su ocupante y las almas en pena están colocadas por orden alfabético en sus respectivos asientos. Por cierto, las sillas además de ser incómodas bailan, que para algo estamos donde estamos.
Evidentemente hace un calor tremendo, aunque no hay llamas, eso sería demasiado prosaico. La realidad es muy distinta, el horror del lugar es más psicológico. En el infierno cada uno se encuentra con lo que más teme. Y quien me conoce ya sabe perfectamente que es lo que más odio/temo en este mundo. Así que ahí estaba yo este sábado por la tarde, en pleno viaje espiritual infecto, frente a un cuadernillo lleno a rebosar de preguntas de química. En la primera página destacaban unas siglas: FIR. Debe ser algún tipo de iniciales de “Farmacéutico Infinitamente Refrito”. En todo caso estoy seguro de que si me hubiese gustado la química, si hubiese sido una persona diametralmente opuesta a la que soy, me hubiese encontrado con un montón de interrogantes sobre variaciones de la escala pentatónica, que Satanás, el muy cabrón, es un condenao y te fastidia siempre por donde menos te lo esperas.
Pero sigamos describiendo el lugar… En el infierno, al contrario de lo que se suele creer, el tiempo pasa deprisa, demasiado deprisa. Además las cosas que creías conocer a ciencia cierta parecen mutar frente a tus ojos. Fallas cuando no puedes fallar, fallas cuando puedes fallar y a veces, con una extraña inyección de adrenalina, aciertas cuando no debías acertar. El cerebro te juega malas pasadas, entre ellas la de subdividirse en regiones con nombres abstrusos, el muy puñetero. Dicen que del infierno siempre se aprende algo y supongo que llegando ese estado disociativo tan peculiar seguro que es verdad, aunque no se si lo que se aprende es algo bueno, pero esa ya es otra historia de la que os hablaré cuando esté más recuperado.
En fin, anteayer yo estuve en el infierno, pero me he escapado y ahora estoy de vacaciones. En unos diez días sabré si de la experiencia he sacado un bonito bronceado o si realmente he ardido y todavía no me he dado cuenta.
Lo único bueno es que, cuando estás acostumado a arder en muchas ocasiones, al final la quema ya no creo que duela, de hecho empiezo a considerar seriamente la posibilidad de haber sido ignífugo toda la vida, y yo sin darme cuenta…
*No, no es coña, luego la gente se pregunta por qué cada día diseñan edificios más horribles…

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