You are currently browsing the category archive for the 'oposiciones' category.

Lo bueno de no cerrarse puertas es que no te cierras puertas, lo malo es que casi siempre tendrás que decidir.

Hace unos días me sentía como la bolita esa que da vueltas a la ruleta. Diferentes, sitios, diferentes especialidades, todo diferente e intercalado en una incomprensible lista que había elaborado hacía un par de semanas siguiendo quién sabe qué criterio.

El deporte nacional, dicen. Oposiciones.

Cuando se acercaba el momento fatídico en el que tenía que escoger plaza mi lista había ido mutando hasta algo totalmente abstracto, que incluía números muy altos y números muy bajos, especialidades diferentes en ciudades diferentes. La mezcolanza que se había plantado en los primeros puestos podría servir para ilustrar un monográfico sobre “la globalización de la sanidad pública”, o algo así. Igual probaría algo nuevo, igual me marchaba de casa, tal vez acabase en otra ciudad. En fin, tendría que decidir, todo ello en pocos segundos. Mis predecesores avanzaban, paso a paso, añadiendo borrones a la -por suerte- cola de mi lista. Antes había visto de todo, gente feliz, gente llorando, gente rebotada, gente que se había quitado una careta que en el fondo sólo ellos veían.

Al final pude escoger y todo. La especialidad que me-apetecía-pero-que-no tenía-salidas-pero-que-resulta-que-al-final-va-y-si-las-tiene y el hospital que significaba quedarme en mi casa y a la postre también irme de casa.

You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
But if you try sometimes you might find
You get what you need

Se acabó el proceso, a partir de ahora volveré a escribir sobre cosas realmente importantes :)

Vale.
Aquí estamos, teclado en mano… azzzzzzzzzzaaaaaaaaaaaaaaaaaa… bueno, en mano no que al sujetarlo aprieto teclas sin querer. Pero, a lo que iba, intentaba actualizar esto con algo congruente. El problema es que aparentemente tengo las ideas afectadas por la pertinaz sequía esa que sale en el telenoticies y no se me ocurre nada interesante que escribir.

El maldito embotamiento puede deberse a que esta mañana me he puesto a ordenar mi lista para escoger plaza de opositor/residente y la verdad, me siento como el protagonista de uno de esos estúpidos concursos presentados por un Ramotxu cualquiera. Aquí estoy yo, Jose Luis, agricultor de Huelva (nombre e identidad falsos, oficio nunca se sabe) en un brillante plató de televisión lleno de sonrientes espectadores, perplejo ante una estruendosa música ratonera. En frente tengo al presentador, un tipejo con corbata al que mi suerte le importa un rábano –y lo digo yo que soy un ficticio agricultor que debería saber algo de hortalizas- ofreciéndome cosas del estilo de: “Te cambio lo que hay en la puerta A por lo que esconde el cofre B y además un viaje a Sevilla”. O “te doy la mitad de la puerta A y un piso en Oviedo”. O “Un viaje a Madrid y disfruta de lo que se oculte detrás de C pero sin la nevera”. Mientras tanto los amigos que han venido de público gritan “Pilla la opción C y Teneriiiiiiifeeeee, no seas burroooooo, que te iremos a visitaaaaaarrrr!!!”. Y la Familia: “¡¡La A, la A, que no te líeeeeeeen!!”. Y gente que no he visto en mi vida: “Esto, o lo otro, o lo de más allá, ¡¡cómo mola opinar sin entender nada!!” Mientras tanto yo, ficticio Jose Ramón o Jose Luis o lo que sea- que tanta algarabía me ha hecho olvidar hasta mi nombre- todavía ficticio pero ya no tan pacífico agricultor de Huelva, pido a la tierra que me devuelva el favor de tanto labrar y tenga la bondad de tragarme, aunque sea por un rato, que seguro que se lo sé compensar.

Así que ya sabes, sufrido lector, la próxima vez que veas un concursejo de esos apiádate del protagonista, que tendrá premio seguro, pero también seguro que está deseando que acabe todo ese tinglao, que le den su botín (casa en Mallorca, tienda de camping en Murcia, sombrero Mejicano en las Ramblas, lo que sea) y que le dejen salir del dichoso plató y vivir su vida –nueva o vieja, pero la suya al fin y al cabo.

¡Hola a todos!

Después de unos meses de actualizaciones birriáticas y poco inspiradas por culpa de ya-sabéis-qué, vuelvo a meterme en el blog con renovadas fuerzas. A día de hoy me siento tan comunicativo que os voy a hablar de uno de los temas universales de la filosofía/teología. Se trata de El Infierno y, en un alarde de espíritu emprendedor, para que podáis contarlo a las generaciones futuras, me he documentado a conciencia. De hecho… he estado allí.

El infierno es un aula de la escuela de arquitectura de Barcelona.*

Cuando uno llega al infierno aparece sentado en una silla de madera muy incómoda, rodeado de otros pobres condenados que, al igual que tú, se están preguntando seriamente cuales son los pecados que habrán cometido para acabar allí. El infierno está horriblemente organizado, sobre cada silla hay un post-it con el nombre de su ocupante y las almas en pena están colocadas por orden alfabético en sus respectivos asientos. Por cierto, las sillas además de ser incómodas bailan, que para algo estamos donde estamos.

Evidentemente hace un calor tremendo, aunque no hay llamas, eso sería demasiado prosaico. La realidad es muy distinta, el horror del lugar es más psicológico. En el infierno cada uno se encuentra con lo que más teme. Y quien me conoce ya sabe perfectamente que es lo que más odio/temo en este mundo. Así que ahí estaba yo este sábado por la tarde, en pleno viaje espiritual infecto, frente a un cuadernillo lleno a rebosar de preguntas de química. En la primera página destacaban unas siglas: FIR. Debe ser algún tipo de iniciales de “Farmacéutico Infinitamente Refrito”. En todo caso estoy seguro de que si me hubiese gustado la química, si hubiese sido una persona diametralmente opuesta a la que soy, me hubiese encontrado con un montón de interrogantes sobre variaciones de la escala pentatónica, que Satanás, el muy cabrón, es un condenao y te fastidia siempre por donde menos te lo esperas.

Pero sigamos describiendo el lugar… En el infierno, al contrario de lo que se suele creer, el tiempo pasa deprisa, demasiado deprisa. Además las cosas que creías conocer a ciencia cierta parecen mutar frente a tus ojos. Fallas cuando no puedes fallar, fallas cuando puedes fallar y a veces, con una extraña inyección de adrenalina, aciertas cuando no debías acertar. El cerebro te juega malas pasadas, entre ellas la de subdividirse en regiones con nombres abstrusos, el muy puñetero. Dicen que del infierno siempre se aprende algo y supongo que llegando ese estado disociativo tan peculiar seguro que es verdad, aunque no se si lo que se aprende es algo bueno, pero esa ya es otra historia de la que os hablaré cuando esté más recuperado.

En fin, anteayer yo estuve en el infierno, pero me he escapado y ahora estoy de vacaciones. En unos diez días sabré si de la experiencia he sacado un bonito bronceado o si realmente he ardido y todavía no me he dado cuenta.

Lo único bueno es que, cuando estás acostumado a arder en muchas ocasiones, al final la quema ya no creo que duela, de hecho empiezo a considerar seriamente la posibilidad de haber sido ignífugo toda la vida, y yo sin darme cuenta…

 

*No, no es coña, luego la gente se pregunta por qué cada día diseñan edificios más horribles…

Para mi propia sorpresa en el último par de meses me he vuelto tremendamente eficiente.
Eso, evidentemente, está reñido con lo que podríamos llamar mi forma de “ser creativo”.*
La evolución-involución de marras a la larga podría llegar a ser deprimente, pero mantengo la esperanza de que el estado de excepción dure exactamente dos meses y medio. Después entraré en coma un par de días y lo que quede de mí intentará volver a la normalidad.

…Lo que quede.

Pues eso.

*Proceso que consiste en pasar infinitas horas con la mente en blanco, pensando en nada y escuchando ocasionalmente los susurros de perturbadores nebulosas mentales.